Crónicas de barrio

El lenguaje de la luz

“Lo bello no es una sustancia en sí, sino un juego de claroscuros producido por la yuxtaposición de las diferentes sustancias que va formando el juego sutil de las modulaciones de la sombra”. Decido partir con este extracto de El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki, porque no he encontrado, en mis 40 años, una manera […]

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“Lo bello no es una sustancia en sí, sino un juego de claroscuros producido por la yuxtaposición de las diferentes sustancias que va formando el juego sutil de las modulaciones de la sombra”.

Decido partir con este extracto de El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki, porque no he encontrado, en mis 40 años, una manera más hermosa de hablar de la luz o de la sombra. O quizás es lo mismo, porque una está atada a la otra; una no existe sin la otra.

Creo que el ocio es bello e importante. Lo he destinado a esa observación silenciosa de lo invisible: de lo que aparece y se esfuma en un instante, de eso que para muchos es insignificante, pero que para mí es una sonrisa cómplice permanente.

Pequeñas siluetas color ámbar se proyectan cada mañana en el muro oscuro de mi comedor, a eso de las 7:45 am. Es el sol intentando filtrarse entre las hojas tupidas de una quercia para enseñarme un nuevo lenguaje: el de la luz, que poco a poco voy descubriendo. Es una danza discreta y coordinada, pequeños destellos que aparecen y desaparecen continuamente, que se superponen entre ellos y que llegan a su fin en una gran piedra de yeso crudo en la cual se apoya una muñeca mexicana de lata tallada, cayendo siempre el último destello en su vestido.

Todo esto es, para mí, un ballet casi tan importante como el que alguna vez vi, junto a mi familia, en el Teatro Municipal.