| Después de dieciocho años fuera no fue exactamente volver. Fue, más bien, volver a mirar.
Viví más de quince años en París, una ciudad hecha para ser habitada. Allá, la vida ocurre cerca: el café, el metro, el colegio, todo a distancia caminable (si uno quiere), y la cultura y el patrimonio no son algo excepcional, sino parte de lo cotidiano: algo que se vive y se cuida casi sin pensarlo. Uno se acostumbra a eso. Y cuando vuelve, lo nota. Quizás por eso, al volver a Santiago, el centro apareció de inmediato como un lugar familiar. Estudié en la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile, cerca de Mapocho, y desde entonces no he dejado de recorrerlo. Hoy vuelvo también por mi trabajo, siguiendo esos mismos trayectos que se han ido transformando con el tiempo. Lo conozco caminando. Entrando a galerías, mirando vitrinas, cruzando pasillos, subiendo escaleras. No me da susto —aunque a muchos ahora sí—; más bien me genera curiosidad. Me siento parte, porque hay algo en ese movimiento que todavía me atrapa, como si siempre quedara algo por descubrir. Este mes, en que celebramos el patrimonio y el teatro, vuelvo inevitablemente a ese mismo lugar. El centro concentra una enorme variedad de teatros, algunos visibles y otros más escondidos, que conviven con tiendas, talleres y espacios que han sostenido por años una forma de hacer ciudad. En esos mismos recorridos —entre telas, hilos, papelerías— fue donde aprendí a mirar. Muchos de esos lugares ya no están. Han cerrado, han cambiado, han desaparecido. Y, sin embargo, el centro resiste. Quedan espacios que hay que saber encontrar. Lugares donde todavía algo se hace con tiempo, donde ciertas formas de trabajar —y de estar— siguen presentes, aunque todo alrededor cambie. A veces, en una pausa de mediodía, almuerzo en una de las varias “picadas” o voy al Mercado Central. Ese trayecto, repetido tantas veces, también es parte de cómo se habita la ciudad. El patrimonio aparece ahí, en esos recorridos, en lo que permanece mientras todo se transforma. Volver, entonces, ha sido reaprender a mirar. A reconocer lo que sigue ahí y a extrañar lo que ya no está.
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N
HALLAZGOS MUT DE CAROLINA
1.Para comer:
El tantanmen carnívoro de Mirai: sabroso, intenso y de esos que no quieres que se terminen. Con una kombucha de Rica Rica al lado, mejor todavía.
2. Para tomar:
El mocktail “Así No Más” de Melí Meló: rico, fresco y cero fome en su versión con o sin alcohol.
3. Para regalar:
Larry: entras a mirar y siempre aparece algo especial: decoración, accesorios o ropa. Sales con regalo… o con auto-regalo.
4. Qué ver:
Las vitrinas del -3: la cultura aparece sin avisar. Siempre hay algo nuevo que mirar y terminas quedándote más de lo pensado.